martes, 6 de octubre de 2009

NOTA sobre la parte "Cuatro"

Debido a un error en la subida al blog, hay partes que no figuran, asi que en el orden en que aparecen, les dejo las frases que no están. Espero que se den cuenta de que es dónde ven "<" o ">".

-No te lo permito, que sea la última vez, por favor
-Fue más fácil con María al lado mío
-Ella es mi todo, por ella sigo






M.V.A~.

Cuatro (sigue)




- No sé que hice, ¡Qué tarado! Ahora te compro otra.
- Deja, prefiero agua.
- Entonces, agua será.
Emprendimos nuevamente nuestra caminata nocturna, me tomaste de la mano y no dejábamos de sentirnos como dos adolescentes. Te miraba de reojo y temblaba, aclarabas tu garganta y reías.
Me enteré de que naciste en San Justo, declaraste que al llegar te sentiste solo y desamparado, con tus ingenuos 18 años a Santa Fe para estudiar Abogacía. Te costó la transición de dejar a tu familia, amigos, resistir de volver todos los fin de semana y abandonar la carrera, pero siempre te acordabas del orgullo que emanaba tu “vieja” cada vez que te hablaba por teléfono o cuando le contaba a sus amigas entre mates lo bien que te iba a ir, porque confiaba ciegamente en tu responsabilidad, inteligencia y compromiso, ella sabía que terminarías siendo un excelente abogado de la gran ciudad. En tu época de debilidad emocional te encontraste con María, de Sunchales, y fue ella quien te enloqueció de amor. Estaban la mayor parte del tiempo juntos, le contaste absolutamente todo y no te arrepentiste, porque aunque hoy estabas dolorido y esperando que vuelva, te enseñó una nueva forma de amar. Estudiaste, trataste de cumplir con tu parte del trato y sentías como de a poco podías abandonar las caminatas solitarias que tomabas en tus noches de insomnio. De la pensión inicial pasaste a un departamento cerca de la Universidad. Era palpable la necesidad de socializar que te invadía, no tardaste en hacer amigos y buscar compañeros de estudio. Aunque era demasiado, más de lo que te sentías capaz de soportar, te amoldaste a los cambios y a toda esa inmensidad >, y después sentiste que todo era en vano, pero como tenias marcado el amor y compromiso con tu madre…
A tu padre no llegaste a conocerlo, nunca preguntaste demasiado ni te contaron demasiado como para armarte una imagen semejante a él. Crees que no fue justo con tu vieja, que la abandonó y que nunca te quiso, y para amargarte con cosas así, preferías no saber, pero siempre te sorprendías mirando a alguna que otra pareja recién casada con su bebé, preguntándote como hubiese sido que se quede con ustedes.
Tu vieja, tu primer amor, ella te enseñó a ser quien eras. Te protegió y peleó para que puedas estudiar lo que querías y nunca te falte nada. Los cumpleaños con tus amigos, Bariloche, salidas… >. Que madre más feliz debe ser, que persona más hermosa crió, ella sola.
- Contame sobre vos ahora, ¿dale? – me preguntaste con un tono más relajado, mientras nos sentábamos en las escaleras del edificio de Mati.
- Bueno, sobre mi… Soy de Rafaela. Siempre quise estudiar Arquitectura y acá estoy. Vengo de una familia media, ni pobres ni de esos que están muy bien, en el medio. Tengo una hermana y un hermano, Clara y Juan Pablo, más grandes los dos. Clara es Contadora, y trabaja en el municipio de Rafaela. Es la que más suerte tuvo, un buen trabajo, un marido que la adora, y ahora espera su segundo hijo. Juan Pablo está terminando su especialización en Oftalmología en Buenos Aires, y para tener su plata extra, trabaja en un pub. Soltero empedernido, mamá se preocupa, cree que es momento de que siente cabeza, porque después es más difícil encontrar a alguien, ¿no? Pero, siempre está papá, defendiéndolo y diciendo que ahora tiene que disfrutar bla bla bla.
- ¿Hablas seguido con ellos?
- No, lamentablemente no. Siempre fui la oveja negra de la familia, aunque no lo parezca. Más rebelde que mis hermanos en la adolescencia, les comunicaba menos de mí. No sé, ellos están más pegados a mis viejos que yo. Y esa es una de las razones por la que no hablamos mucho, es tenerlos a todos en mi contra.
- Qué raro, pensé todo lo contrario. Vos, más apegada a tus viejos y hermanos…
- Es difícil, pero yo siempre quise irme de Rafaela, de Santa Fe. Siento que me ahogo acá, me gustaría más el anonimato de las grandes ciudades como Buenos Aires, Córdoba… Te quedaste serio, ahora te espanté.
- No, no, para nada. Me encantas así. Debes tener muchas cosas por contar, y sé que no me la vas a hacer fácil, pero voy a saber todo de vos, te lo aseguro.
Con un beso pusiste fin a lo que sea que intenté decir después. Marcaste el principio de no querer volver a estar sola, porque con vos podía soltar todo eso que con nadie compartía. A pesar de estar muriendo de frio y de ganas de quedarnos juntos, me recordaste que tenías que trabajar. Rodeaste mi cintura, y con una mano quitaste el pelo que tapaba mis ojos, me hiciste sentir indefensa ante tu mirada, perdidamente atada a tus labios, locamente involucrada con tus palabras. Debías dejarme ir, tenía que dejar que te vayas, pero que difícil… Deslice los dedos en el bolsillo de mi campera, toqué las llaves heladas y me aferré a ellas como único medio de salvación. Caminé cuidadosamente, tratando de no tropezar mientras te miraba, escalones, uno por uno, uno más lejos de ti. Tu mueca torcida era el reflejo de tu malestar, estabas clavado a la acera mirándome partir. << ¿Te puedo llamar mañana?>> ¡Qué pregunta estúpida, Luca! Claro que podías llamarme mañana, mientras estuviese en el ascensor también podías, antes de cerrar los ojos, apenas te levantes, podías, podes.

lunes, 5 de octubre de 2009

Cuatro







- Quedó linda esta parte del puerto, ¿no te parece? - ¿Cómo no podía estar más de acuerdo si tenías la luz alumbrándote de esa manera? Qué hermoso pesar que me producías, pero tenía que disimular.
- Si, lástima las ratas
- ¿Las ratas? ¡Ah, sí, las ratas! Bueno, pero ellas llegaron primero
- Luca, ¿es broma? ¡Estas viendo una película y tenés esas ratas horrendas caminándote entre las piernas!
- ¡Masajes gratis!
- Si, ¿cómo no se me habrá ocurrido antes?
- Para eso me tenés a mi – lograste sonrojarte y mirar el piso casi al mismo tiempo.
- Si… ¿No querés saber por qué te busqué? – te pregunté con total despojo de vergüenza, no hubo asomo de temblor en mi voz. Me aferré de la barandilla y miré el río, tan oscuro y con un movimiento imperceptible, como mis sentimientos la noche anterior. Los segundos que tardaste en torcer tu cabeza para comprender lo que llegaba a tus oídos y responder, fueron eternos, eso considerando que exista la eternidad de algo así, claro.
- En realidad, ni siquiera me lo pregunté, hasta ahora.
- Bueno, no es un buen día para vos, por qué yo tampoco lo sé.
- ¡Ah! Que detalle…
- Pero quiero que te quedes, me haría mal no tenerte a mi lado, ahora, más tarde, mañana.
- Y sin embargo, no logro superarlo a “él”, ¿no?
- Al contrario, y no. No sos comparable con Esteban, él me lastimó muchísimo. Vos no.
- Pero…
- Pero, su presencia, provenga del dolor o no, es muy fuerte todavía.
- Prometo no lastimarte, aunque no me provoques. No quiero usar ese método como excusa para que tu cabeza y corazón sean míos.
- Tranquilo, ya lo son. Solamente dales tiempo a sanar.
- No entiendo. Si necesitas tiempo, podrías haber esperado para buscarme.
- ¿Qué? – juro que aún hoy, no entiendo lo que estaba pasando esa noche. Haciéndonos reclamos de pareja de años o meses, lastimándonos sin querer. Sufriendo por el otro sin saberlo. ¿Qué era eso?
- Perdón, no sé lo que digo. No estoy pensando, estoy sintiendo Candela. Y es muy temprano para que sea así. No es justo que te diga estas cosas, hace poco ese idio… Dos días no más pasaron y yo enloqueciéndote. Perdóname.
- No te voy a perdonar si lo volvés a repetir.
- Bueno, pero… - con la misma facilidad con la que encendiste tus ojos de rabia, dejaste que se llenen de impotencia. Me recibiste entre tus brazos cautelosos, presionaste tu cuerpo contra el mío y acariciabas mi pelo a tu compas.
Si lo deseábamos, éramos la pareja de una postal de París, pero no plenas de amor y con el Sena detrás. Nos sujetaba el mareo, las sensaciones encontradas por nuestros cuerpos, de calor ante el viento helado, los movimientos pausados e inseguros, nuestras mentes trabajando en encontrar una respuesta a toda aquella situación anormal en nuestras rutinarias vidas. Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla y tu boca besarla, para luego susurrar en mi oído entrecortadamente <>.
Alcancé a instruirte con una sola mirada lo que debíamos hacer cuando el BMW negro se acercaba al fin del estacionamiento. Me colocaste mecánicamente del lado del rio, posaste tu brazo sobre mi hombro, y comenzaste a caminar. Seguimos a paso lento el camino y al doblar pude fijar la vista en ese auto. El conductor, de unos 30 años discutía con un hombre un tanto mayor acaloradamente, mientras una señora de la misma edad de aquel en el asiento del acompañante, miraba sin ver los detalles del asiento que tenía delante. El segundo hombre, de casi 60 años, bajó enfurecido, azoto la puerta y rodeo el automóvil hasta llegar al lado izquierdo trasero, justo para abrir la puerta de la señora, la que descendió algo ausente de la situación y del ambiente en el que se había encontrado. Ofreció su mano para que su marido la tome y la lleve dentro del edificio. Su hijo, Esteban Donna, observó cómo sus padres, Leonardo y Dolores Donna se alejaban de él sin voltear para esperar por él. Que mal aparentaba estar pasándola. Ojeroso, con expresión vacía, apagó el motor, las luces y se quitó el cinturón de seguridad. Parecía flotar cuando salió del auto, con una gracia mortífera y fantasmal. Puso ambas manos rectamente firmes a cada lado de su cuerpo, enderezó su espalda y cambió sus facciones. Mientras caminaba, rey de dominios inexistentes, zancadas en tierra despoblada, destilaba indiferencia, enojo, altanería.
Contuve mis ganas de correr hacia él y despreciarlo, pero te dejaría en evidencia. No era una escena perfecta que memorar, abrazada al hombre de ensueño, que como en los cuentos de hadas llegó para rescatarme con su armadura dorada y su blanco corcel, observaba al otro hombre, quién por cuatro años fue actor principal de la obra de mi vida. Suyo era el escenario y el teatro dónde actuábamos día a día. Éramos la pareja perfecta, la presentación más codiciada, la pareja más taquillera, con millones de espectadores, que conformaban la gran mentira. Fue él, quien minutos antes de la actuación de despedida, tras bambalinas se escurría con una actriz secundaria, y no vio caer el telón de nuestras vidas sobre su cuerpo. “El triste final de un gran éxito”, exclamaban los titulares. “La impotencia de la belleza”, recalcaban otros, refiriéndose a la actriz que desmenuzada quedó luego de tal escándalo. Lo que ellos no saben es que, a pesar de los “Traté de pedirle perdón pero nunca respondió a mis llamados”, esta estrella ya no pisa las tablas, no seguirá ningún otro guion, ni sonreirá falsamente a cada apodo burlón. Los días de Hollywood y Channel acabaron, al igual que su amor por aquel actor.
Es ahora, aquel tímido acomodador, él que la hace reír y sentirse como nueva. Le muestra escenarios clandestinos a los flashes y periodistas desalmados. Los locos más locos y los ebrios más sanos, son fieles espectadores de estos nuevos cantantes. Aprecian sus amateurs intentos de cantar una melodía que no suene a melodrama, pero tampoco destile alegría melosa.
Fueron los arboles y flores, gatos y perros callejeros, los que se deleitaron con el estreno de tan nueva mezcla sonora. Fue el banco, casi nada iluminado, de la plaza Colón, el testigo de tan abruptos besos y caricias, entre llantos y risas. Este se denominó “El Concierto Del Año”, por ranas y sapos. La música del rocío sonaba muy fuerte, muy deliciosa, y pegajosa. El debut de los músicos más inexpertos, ante miles de hojas caídas y raíces prominentes. Un show lleno de emoción y agradecimiento, con un escenario de mármol frio y más vapor de lo permitido. Los dos temblábamos, por la helada, por el calor, de nervios, de felicidad…
Nos ovacionaron tanto nuestros cuerpos que fácilmente olvidaba por qué tanto había sufrido. Eras especial, especialmente mío. Ceñida entre tus brazos no era correcto recordar el pasado, no lo podía hacer aunque lo intente, me contabas todo tipo de cosas raras, sobre la tierra, el aire, el fuego y el agua. Había tintes de un niño disfrutando de su juguete nuevo, aquel que anhelaba tanto, me mirabas y examinabas sin cesar, maravillado, cauteloso. Emprendías tu vuelta al mundo en 80 días, al tocar mis mejillas, recorrer mis labios, nariz y mentón. Observaste mis dedos detenidamente, los mezclaste con los tuyos sonriente. Si así no ensucio tu figura, puedo decir que escupías alegría con tu mirada, me contagiabas tu excitación, me hacías sentir una niña.
Tiraste Coca – Cola por todo tu jean, te mordiste el labio, y cual niño avergonzado de su torpeza, esquivabas mi mirada y aguantabas tu risa.