- Quedó linda esta parte del puerto, ¿no te parece? - ¿Cómo no podía estar m
ás de acuerdo si tenías la luz alumbrándote de esa manera? Qué hermoso pesar que me producías, pero tenía que disimular.- Si, lástima las ratas
- ¿Las ratas? ¡Ah, sí, las ratas! Bueno, pero ellas llegaron primero
- Luca, ¿es broma? ¡Estas viendo una película y tenés esas ratas horrendas caminándote entre las piernas!
- ¡Masajes gratis!
- Si, ¿cómo no se me habrá ocurrido antes?
- Para eso me tenés a mi – lograste sonrojarte y mirar el piso casi al mismo tiempo.
- Si… ¿No querés saber por qué te busqué? – te pregunté con total despojo de vergüenza, no hubo asomo de temblor en mi voz. Me aferré de la barandilla y miré el río, tan oscuro y con un movimiento imperceptible, como mis sentimientos la noche anterior. Los segundos que tardaste en torcer tu cabeza para comprender lo que llegaba a tus oídos y responder, fueron eternos, eso considerando que exista la eternidad de algo así, claro.
- En realidad, ni siquiera me lo pregunté, hasta ahora.
- Bueno, no es un buen día para vos, por qué yo tampoco lo sé.
- ¡Ah! Que detalle…
- Pero quiero que te quedes, me haría mal no tenerte a mi lado, ahora, más tarde, mañana.
- Y sin embargo, no logro superarlo a “él”, ¿no?
- Al contrario, y no. No sos comparable con Esteban, él me lastimó muchísimo. Vos no.
- Pero…
- Pero, su presencia, provenga del dolor o no, es muy fuerte todavía.
- Prometo no lastimarte, aunque no me provoques. No quiero usar ese método como excusa para que tu cabeza y corazón sean míos.
- Tranquilo, ya lo son. Solamente dales tiempo a sanar.
- No entiendo. Si necesitas tiempo, podrías haber esperado para buscarme.
- ¿Qué? – juro que aún hoy, no entiendo lo que estaba pasando esa noche. Haciéndonos reclamos de pareja de años o meses, lastimándonos sin querer. Sufriendo por el otro sin saberlo. ¿Qué era eso?
- Perdón, no sé lo que digo. No estoy pensando, estoy sintiendo Candela. Y es muy temprano para que sea así. No es justo que te diga estas cosas, hace poco ese idio… Dos días no más pasaron y yo enloqueciéndote. Perdóname.
- No te voy a perdonar si lo volvés a repetir.
- Bueno, pero… - con la misma facilidad con la que encendiste tus ojos de rabia, dejaste que se llenen de impotencia. Me recibiste entre tus brazos cautelosos, presionaste tu cuerpo contra el mío y acariciabas mi pelo a tu compas.
Si lo deseábamos, éramos la pareja de una postal de París, pero no plenas de amor y con el Sena detrás. Nos sujetaba el mareo, las sensaciones encontradas por nuestros cuerpos, de calor ante el viento helado, los movimientos pausados e inseguros, nuestras mentes trabajando en encontrar una respuesta a toda aquella situación anormal en nuestras rutinarias vidas. Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla y tu boca besarla, para luego susurrar en mi oído entrecortadamente <
Alcancé a instruirte con una sola mirada lo que debíamos hacer cuando el BMW negro se acercaba al fin del estacionamiento. Me colocaste mecánicamente del lado del rio, posaste tu brazo sobre mi hombro, y comenzaste a caminar. Seguimos a paso lento el camino y al doblar pude fijar la vista en ese auto. El conductor, de unos 30 años discutía con un hombre un tanto mayor acaloradamente, mientras una señora de la misma edad de aquel en el asiento del acompañante, miraba sin ver los detalles del asiento que tenía delante. El segundo hombre, de casi 60 años, bajó enfurecido, azoto la puerta y rodeo el automóvil hasta llegar al lado izquierdo trasero, justo para abrir la puerta de la señora, la que descendió algo ausente de la situación y del ambiente en el que se había encontrado. Ofreció su mano para que su marido la tome y la lleve dentro del edificio. Su hijo, Esteban Donna, observó cómo sus padres, Leonardo y Dolores Donna se alejaban de él sin voltear para esperar por él. Que mal aparentaba estar pasándola. Ojeroso, con expresión vacía, apagó el motor, las luces y se quitó el cinturón de seguridad. Parecía flotar cuando salió del auto, con una gracia mortífera y fantasmal. Puso ambas manos rectamente firmes a cada lado de su cuerpo, enderezó su espalda y cambió sus facciones. Mientras caminaba, rey de dominios inexistentes, zancadas en tierra despoblada, destilaba indiferencia, enojo, altanería.
Contuve mis ganas de correr hacia él y despreciarlo, pero te dejaría en evidencia. No era una escena perfecta que memorar, abrazada al hombre de ensueño, que como en los cuentos de hadas llegó para rescatarme con su armadura dorada y su blanco corcel, observaba al otro hombre, quién por cuatro años fue actor principal de la obra de mi vida. Suyo era el escenario y el teatro dónde actuábamos día a día. Éramos la pareja perfecta, la presentación más codiciada, la pareja más taquillera, con millones de espectadores, que conformaban la gran mentira. Fue él, quien minutos antes de la actuación de despedida, tras bambalinas se escurría con una actriz secundaria, y no vio caer el telón de nuestras vidas sobre su cuerpo. “El triste final de un gran éxito”, exclamaban los titulares. “La impotencia de la belleza”, recalcaban otros, refiriéndose a la actriz que desmenuzada quedó luego de tal escándalo. Lo que ellos no saben es que, a pesar de los “Traté de pedirle perdón pero nunca respondió a mis llamados”, esta estrella ya no pisa las tablas, no seguirá ningún otro guion, ni sonreirá falsamente a cada apodo burlón. Los días de Hollywood y Channel acabaron, al igual que su amor por aquel actor.
Es ahora, aquel tímido acomodador, él que la hace reír y sentirse como nueva. Le muestra escenarios clandestinos a los flashes y periodistas desalmados. Los locos más locos y los ebrios más sanos, son fieles espectadores de estos nuevos cantantes. Aprecian sus amateurs intentos de cantar una melodía que no suene a melodrama, pero tampoco destile alegría melosa.
Fueron los arboles y flores, gatos y perros callejeros, los que se deleitaron con el estreno de tan nueva mezcla sonora. Fue el banco, casi nada iluminado, de la plaza Colón, el testigo de tan abruptos besos y caricias, entre llantos y risas. Este se denominó “El Concierto Del Año”, por ranas y sapos. La música del rocío sonaba muy fuerte, muy deliciosa, y pegajosa. El debut de los músicos más inexpertos, ante miles de hojas caídas y raíces prominentes. Un show lleno de emoción y agradecimiento, con un escenario de mármol frio y más vapor de lo permitido. Los dos temblábamos, por la helada, por el calor, de nervios, de felicidad…
Nos ovacionaron tanto nuestros cuerpos que fácilmente olvidaba por qué tanto había sufrido. Eras especial, especialmente mío. Ceñida entre tus brazos no era correcto recordar el pasado, no lo podía hacer aunque lo intente, me contabas todo tipo de cosas raras, sobre la tierra, el aire, el fuego y el agua. Había tintes de un niño disfrutando de su juguete nuevo, aquel que anhelaba tanto, me mirabas y examinabas sin cesar, maravillado, cauteloso. Emprendías tu vuelta al mundo en 80 días, al tocar mis
mejillas, recorrer mis labios, nariz y mentón. Observaste mis dedos detenidamente, los mezclaste con los tuyos sonriente. Si así no ensucio tu figura, puedo decir que escupías alegría con tu mirada, me contagiabas tu excitación, me hacías sentir una niña.Tiraste Coca – Cola por todo tu jean, te mordiste el labio, y cual niño avergonzado de su torpeza, esquivabas mi mirada y aguantabas tu risa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario