jueves, 27 de agosto de 2009

(continua 3)



- ¿Vas a ir a la empresa? – dijo Mati con una voz ronca y todavía perdida entre las sabanas.
- No creo…
- Te traigo tus cosas en el horario que salimos para almorzar, ¡y no me discutas! Cámbiate, ponete algo lindo que salgo y te vengo a buscar, para ir a esos lugares, que a vos tanto te gustan.
- La verdad… no me entusiasma mucho la idea. Preferiría ir con vos ahora y después… no sé.
- Para que me gasto yo en hablar apenas me levanto. Con esta voz y esta pinta no convenzo de nada a nadie.
- Gracias.
No exagero si digo que me sentía diminuta al lado de esa puerta amenazante a mi cordura. Tampoco lo hago si admito que ahora que pasó un tiempo razonable, todavía me afecta pasar por enfrente, por la vereda contraria o simplemente recordarla. Esa puerta encierra mentiras, una más dulcemente peligrosa que la otra. Sostuve como alguien que acaba de despertar de un coma, mis cosas entre mis manos y vi como alguien a quien yo admiraba por su fuerza y apego a su trabajo volvía a meterse en ese laberinto espantoso para formular una fachada de supervivencia, que nada encajaba con su interior muerto de miedo por encajar, ser aceptado, valorizado.
Llamadas perdidas, mensajes de texto, mensajes de voz, que no iba a responder, leer, escuchar. Simplemente los borraría, borraría como hacen en las películas de militares de a poco la mugre del suelo con nada más que un cepillo de dientes, hasta que se gasten sus cerdas y solo quede el mango para continuar. No sería fácil, pero debía olvidar y castigar el dolor mundano que eso me produciría.
Saque tu número de teléfono del fondo del bolsillo, y ni siquiera realmente mire el papel. De tantas veces que me había descubierto memorizándolo, no tenía pudor en decir que ya lo había grabado en mi mente para reemplazar otro. Mi celular no tenía la batería suficiente para decirte todo lo que tenía en mente, por esto me limite a decirte quien era y que pretendía con esa llamada.
Una vez en aquel apartamento, que una vez pretendí mi casa, junte la ropa necesaria, luego mandaría a buscar el resto, y mis papeles, apuntes, entre otras cosas. Di un último adiós estático a las habitaciones, para luego emprender mí camino por Boulevard con mi bolso grande y pesado, pesado y grande, grande en su tamaño y por su contenido, pesado por la cantidad de cosas que llevaba y por las que no cabían dentro de él, que aun pesaban más. Pretendía estar prestando atención a mis pasos, aunque no era así. Me encontraba en un mundo en el que nada importaba más que lo que tenía sujetado en mis manos, de hecho, ese bolso era mi mundo ahora. Era lo único seguro a lo que me podía sujetar, entiéndase, tangible. Parar para ver los cambios del semáforo y no entender por qué la gente desespera tanto, cuando tienen tantas razones por las que esperar… Verde, amarillo, rojo. La misma secuencia una y otra vez, todo a mí alrededor cobraba un sentido distinto al pasar. Todos ríen, muchos fingen, algunos lloran. Reuniones de viejas y frecuentes amigas que, sin remedio alguno religiosamente asisten a su encuentro, qué sus hijos fracasan, que sus hijos triunfan, que sus maridos engañan, que no dejan vivir. Hay quienes corren, trotan, caminan, con amigos o solos. Los solitarios, se aíslan con música y no dejan que los acompañe la soledad, o aceptan que no tienen o no quieren a nadie a su lado, huyen de ellos mismos, de aquellos, de nosotros, de todos.
Con más de veinte cambios y unos finos dedos que parecían salchichas después de tanto viaje, miraba atentamente la esquina de “Estación Matilde”, te buscaba sentado esperándome, pero no, no afuera, el tiempo nos amenazaba otra vez, si, podías estar esperándome con el calorcito de la calefacción y olor a café. Qué bien me hacía sentir pensar así, que aliviada me encontraba. No me equivoque, ahí estabas… Las luces no hacían más que resaltar esa especie de aura encantadora que te envolvía, eras, por decirlo de otra manera, la única estrella que para mi brillaba en esa habitación oscura.
- ¿Tan difícil fue decidirte a llamarme? – y que pregunta tan errada, que sonrisa tan maldita me dirigiste. Pude ver la felicidad en tus pupilas, tus movimientos y esos hoyuelos… El café ahora llevaba canela, el aire chocolate, y todo de vos, de mí. Esperaste lo suficiente para preguntarme como me sentía. Qué extraña nuestras vidas, dos extraños hablando de intimidades en un segundo café, después de un salvataje en pleno Santa Fe. De nada sirvió que me cuentes tus defectos: desordenado, humor cambiante, amante del café y el cigarrillo, demasiado apasionado, celoso y… detallista. Todo fue encantador, sobre todo porque para mí así lo era, no podías hacerme sentir de otra manera.
Cualquier psicólogo dispuesto a los desafíos, sin dudas tomaría nuestro caso. ¿Amor lo llamamos? Sí, estoy de acuerdo con esa descripción. Amor puro y enjaulado, que no me dio respiro desde que lo conocí. Puede que me haya encontrado débil pero lo amaba y me había salvado de mi misma, de dejar de creer en la vida más allá de los fracasos. Que lastima, vos todavía no sabías que ocurría en mi cabeza, que tanto anhelaba tus labios, acariciar tu cabello y conocer hasta tus más oscuros secretos. Pero eran palpables tus respuestas totalmente acordes a mis deseos. Al fin y al cabo, así entiendo como tu mano cayó accidentalmente sobre la mía y entrelazaste tus dedos con los míos, lentamente, lastimosamente. Pagaste vos, después de uno de esos largos discursos míos sobre porque los hombres deberían dejar esas costumbres tan anticuadas. Vos te reías y me alcanzabas mi campera, lo mirabas al mozo, tan divertido, parecías estar viendo una buena comedia. Como quien no quiere seguir echando leña al fuego, tomaste mi bolso, evadiendo mis torpes intentos por recuperarlo. Soltaste por primera esa risa tan particular, nerviosa pero aturdidamente feliz. Me acompañaste hasta la puerta de la casa de Mati, y yo veía como tratabas de disimular el entumecimiento que sostener tanto peso le causaba a tu hombro, y para despistarme, sonreías. ¿Cuántas posibilidades había de que ya sea tuyo el poder de dar con mi debilidad? Me preguntaste con disimulo si no necesitaba ayuda para transportar tantas cosas, te expliqué a donde iba y el respeto que tenia por esa casa. Aceptaste la idea de ir a caminar un poco más, la noche estaba perfecta, fría pero ideal para los dos.

2 comentarios:

  1. y esos hoyuelos...
    esa es la parte q mas me gusto jaja na mentiraa!
    muy bueno mu sabes que si.. ahora qiero saber mas.. metele no seas puta jaja :) yo creo q la ago llora cada vez q candela va a lo del mati jajaja son amigos nomas ago no pienses mal :) besote muuu. qiero parte 4 YA!

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  2. Muy lindo mumi, sobre todo cuando vas describiendo las cosas que la mina va viendo por el boulevard porque es tal cual. Estaría mucho mejor si lo viera alguien q sabe de literatura y toda la bola, sé que que en tu facultad hay un taller literario por la tarde que lo da una profesora que tuve en 4to año, es muy buena. Nada mas, te quiero mumilla!!! y quiero que sepas que tenes mucho talento, explotalo! :)

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