domingo, 23 de agosto de 2009

Dos



El viento no me permitía caminar con facilidad, tan fuerte era que revolvía todo mi cabello y tironeaba de mi ropa para hacerme caer. Las lágrimas nublaban mi visión, aumentaban mi desesperación. Recuerdo bien el profundo dolor que llevaba en mi pecho por las calles de Santa Fe. No recordaba cómo había llegado donde estaba parada, solamente miraba al borde del descontrol, las hojas de mi proyecto tiradas en el piso, escapando a algún lugar al que no tenía planeado ir. Mis rodillas resistieron de sostener mi peso y me dejaron caer. Creo que el grito de mi corazón opacó el dolor que el cemento le ocasionó a mi cuerpo al hacer contacto.
Que extrañas maneras tiene el destino de manifestarse.
Cuando automáticamente comencé a juntarlas, unas manos me tomaron por los hombros levantándome de a poco con cuidado y recitando casi en un murmullo “Todo va a estar bien, shh, ya va a pasar. Déjame que te ayude, por favor”. Ya de pié, sin comprender lo que estaba pasando, te veía apurado levantando mis pertenencias y apilándolas en tus brazos, ojeándome cada tanto para afirmar que seguía inmóvil en el lugar dónde me habías dejado.
Acomodaste todo como podías y con una mirada casi tan desesperada como la mía, me miraste. Directo a los ojos, directo a mi sufrimiento. Tu traje se había arrugado con todos esos movimientos bruscos y agiles a la vez. No parecía importarte el sudor que bajaba por tu frente, el frío o que tu bufanda y campera estén a merced de un charco. Con una mirada enérgica y un temblor lleno de ansias, buscabas devolverme lo que había perdido.
Estaba desconcertada. Balbucee algo que ninguno entendió, te entregué mi sonrisa temerosa y mis blancas manos, rojas del frío.
- Me llamo Luca. ¿Y vos?
Es gracioso que después de dicho espectáculo te hayas presentado como si nada de eso hubiese ocurrido. No pude responder al ver tus ojos grises examinarme con pasión, acompañados de esa media sonrisa sagaz. Por eso, aclaraste tu garganta y me pediste que no me marchara. Recogiste tus cosas y regresaste tan pronto como tus piernas te lo permitieron. Tomaste una buena bocanada de aire, que infló tu pecho y que dejaste salir desapaciblemente, te pusiste velozmente tus prendas y me tendiste tu mano. Tu forma de actuar era ahora serena, me invitaste a tomar un café, yo accedí.


Entramos en un bar a media cuadra de ahí, uno chiquito, de no mucha concurrencia “distinguida”. Señalaste una mesa al lado de la ventana pero te diste cuenta de que no era de mi agrado por mi mueca de desaprobación. Sonreíste de nuevo. Antes de sentarnos, me percaté de mi apariencia desesperada, pregunte a un mozo donde quedaba el baño y antes de retirarme, te miré otra vez.


Dentro del diminuto cubículo examiné mis manos, unas medias corridas y sucias al igual que la pollera. En el espejo no había más que una mujer deshecha, con rímel en sus mejillas, un pelo enmarañado y una mirada perdida. Me pregunte que hacia ahí, con ese hombre a quien no conocía pero que extrañamente me tenía hechizada y abatida a la vez. Tus ojos, tu sonrisa, tu voz, no dejaban de pasar por mi mente aun cuando eran otros los recuerdos y razones que buscaba de mi memoria obtener. Ágilmente transformé a esa mujer que está a minutos de dejar que un auto la atropelle, a una que simplemente tuvo un mal día. Luca, repetí su nombre varias veces antes de salir, como si fuese necesario y tomé todo el aire que podía caber dentro de mis pulmones.


El camino hasta la mesa fue interminable. Deseaba poder caminar más rápido pero sin parecer impaciente por estar a tu lado. Hasta que el café no calentó mi cuerpo no dije palabra, y vos tampoco. Respetaste tanto mi silencio como nadie nunca antes lo había hecho.
- Gracias – fue la única palabra que logre soltar sin apartar la mirada de mi taza.
- ¿Gracias?
- Si, gracias por lo que hiciste… y lo que estás haciendo. Aunque no entiendo…
- ¿Qué no entendés?
- No entiendo porqué me ayudaste, porque seguís conmigo.
- Bueno, eso yo tampoco te lo puedo responder. Me bajo del taxi y veo a una chica que cae de rodillas, que deja que se le vuelen todos sus papeles. Fue algo… automático. Necesitaba correr hacia vos, ¿sabes? El corazón me empezó a latir tan fuerte que pensé que no llegaba. – al decir eso te sonrojaste de una manera tan hermosa. Me recordaste a aquellos nenes que en un recreo en el medio de la ronda que hacen sus compañeros alrededor se ponen de novios, y ante la presión del canto se ruborizan dándose un beso vivaz en la mejilla.
- Y cuando me levantaste te preguntaste si no hubiese sido mejor dejarme en el suelo, ¿no?

No hay comentarios:

Publicar un comentario