jueves, 27 de agosto de 2009

Tres



La cama me parecía mucho más amplia entonces, después de mi baño canalizador, me extrañaba no acordarme de sus dimensiones tan claramente como antes lo había pensado. No solo podía estirarme libremente por ella y que sobrara espacio, sino que, sentía como parpadeo a parpadeo me iba hundiendo cada vez mas entre las sabanas. Inconscientemente fijé la vista en una mancha de humedad del techo. Cuantas veces me había molestado y Esteban me convencía de que él se ocuparía de llamar luego para que la arreglen, mentiroso.
Ocupada como me encontraba con mis recuerdos, cree una burbuja donde nos encontrábamos yo y la cama solamente. Fue así que me permití la tranquilidad de no responder a las llamadas incesantes, que sonaban nítidamente como una alucinación o de tres o cuatro pisos más arriba. Desnuda y en soledad, podía identificar cada reacción de mi cuerpo ante las imágenes que invadían mi mente. Como en una película, donde automáticamente pasan esos momentos cruciales que, durante cuarenta minutos nos marcaron el obvio o no tan obvio final, veía mi día, a sus personajes, sus palabras, sus movimientos, expresiones y tropiezos. Te vi. Te recordé tan lleno de luz como tu existencia lo ameritaba. Luca, ¿quién eras realmente y por qué la vida decidió cruzarnos tan prontamente? ¿Acaso prevenía mi caída solitaria? En un pedazo de papel pequeño tenía anotado tu número de teléfono, te tenía a vos junto a mí de alguna manera.
No sé exactamente qué es lo que estaba esperando ahí tendida. La presencia de Esteban no sería más que perturbadora, y sin duda alguna, de momento a otro iba a aparecerse por ahí. Busqué mi celular en vano, ya que lo había dejado en la “operación escape”, esa mañana en mi oficina. Caminé por la oscuridad del departamento hasta el living, tomé el tubo y hablé por fin con mi mejor amigo. Sin pensarlo, a las dos de la mañana me dirigí a casa de Mati. Me acuerdo bien de cómo abría la boca atónito, acompañando su mirada desorbitada de la impresión que la historia le causaba. Golpeó la mesa un par de veces, lo insultó, los insultó, amenazó sus vidas, hasta que finalmente bromeó con la boda y la fiesta que ya no íbamos a tener que planear. Omití a Luca totalmente. Quería que su imagen se preserve tal como yo quería, angelical, único. Cualquier comentario de quien no había sido participe de nuestro encuentro arruinaría y desmoronaría ese lazo impalpable de los dos.
Después de pasar la angustia del recuerdo, me encontré riendo con un vaso de vino tinto en la mano. Mirando fotografías de fiestas de disfraces, cuando todavía me permitia ser quien siempre fui. Bailaba, saltaba y reia con cualquier chiste sin sentido que escuche. Seguían en mi vida aquellos amigos de la secundaria, sus consejos y sonrisas. Todo lo que dejé por... Bastaba que algo me haga acordar de mi idiotez y brotaba por mis poros ira, tristeza. Como siempre, desde que nos conocimos y alguno de los dos necesitaba asilo por parte del otro, te abrace fuerte como hacía mucho no abrazaba así a alguien y de a poco te fui soltando amigo, te dormías con cada segundo de falta de agitación, mis brazos ya no te ahogaban y te dejaban respirar. De todas maneras, algo de mí, te seguía envolviendo pero más sutilmente. No necesitabas darme las gracias para que yo sepa que ese desapego era un total alivio. A pesar de todo, no pegue un ojo en toda la noche. Ya mis lagrimas se habían secado y así mis ojos, moría de sed pero temía soltarte, ¿y si lo hacía y te marchabas vos también con alguien más? ¿Con alguien que no llore al ver la traición? ¿Qué no se desoriente ante la impresión? No, no podía abandonarte. Te veías tan dulce así dormidito, dejabas caer tu mascara impenetrable de indiferencia con el resto del mundo, de inhalación en inhalación, de sueño en sueño, como tantas veces, me permitías ver a ese ser que tanto amaba al descubierto. No quiero decir que así lo necesite, porque no estando dormido, yo te reconozco en cada mueca mi amigo, sí que lo hago, y disfruto tus esfuerzos jornaleros, de verdad que lo hago.


Las luces de los autos que iban y venían, en una danza con un entretiempo de 45 segundos, fueron mis compañeras y hasta creí escucharlas murmurar que ellas no eran solo eso. Qué locura, tanto dolor le roba la cordura a cualquiera. ¿Dolor? No, no es ese dolor del amor perdido, es el del fraude que viví durante largos años convencida de que era todo perfecto, de que nada podía estar mal, que por fin había encontrado mi lugar tan deseado con arduo trabajo, amor y dedicación. Si habré dedicado mi tiempo a…


Ya cuando amanecía, me revolví en mi lugar de la cama para liberarte por fin. Tantee el abismo que dejaba el espacio entre la cama y la cómoda hasta que me convencí de que no había dejado caer nada de mi cuerpo al moverme. Sonó el despertador y me sobresalte, aun segura de que no era un sonido extraño en mi rutinaria vida plástica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario