
- ¡No! No… en ningún momento se me cruzo eso por la cabeza… en serio…
Nos quedamos hablando por horas. Te termine contando que ese mismo día había encontrado a mi prometido con su “compañera” de trabajo, esa vieja amiga del secundario con la que se había reencontrado en el laburo. Vos me dijiste que hacía ya más de un año que estabas solo, y que por las noches todavía mirabas tu celular esperando esa llamada que diga “Me equivoque al dejarte”. Rememoramos esas tontas películas que todos critican pero que miran una y otra vez en secreto por como los hace reír. Expulsamos un par de veces risas exageradas, nerviosas y turbadas.
No sé en qué momento fue, que dejé de sentir ese vacío, que antes me invadía desde la punta de los dedos del pie hasta la cabeza, pero vos me hacías sentir bien.
Mientras esperábamos por un taxi intentaba con todas mis fuerzas no mirarte, aunque sentía tus ojos clavados en mi espalda. Simulaba mirar un edificio detrás de ti y fugazmente me deleitaba con tu rostro y tus movimientos. No logre convencerte de que no era necesario que me acompañes a mi casa, pero insististe tanto que te lo termine permitiendo. Dijiste muy al pasar que vivías cerca, no había de que preocuparse.
Esperaste a que buscara las llaves dentro de mi cartera para preguntarme nuevamente por mi nombre. “Candela. Muy lindo nombre”, dijiste fijando tu atención en mi boca. La que sentí arder cuando la tuya toco mi mano.
- Puede que ya no estemos en el siglo pasado, donde se les daba besos así a las mujeres pero me parece más respetuoso con Usted, señorita Candela.
Simplemente me dejabas sin palabras. Tu sonrisa había crecido el doble que antes y fue notable la lucha que llevaste por contenerla al dejarme tu número en mi mano. Sin poder controlarme fui tu espejo y así reí.
Subí las escaleras a tientas, tanteando los escalones con cuidado, recordándote. Entré a mi departamento, todo seguía tal como lo había dejado esa mañana. La taza con el café frio posaba junto a la notebook en estado de reposo. Todo parecía estar en su lugar, nada había cambiado allí pero de todos modos la veía oscura, un ambiente denso lleno de mentiras y falsas apariencias. El sofá guardaba falsos “Te amo” y besos vacios.
Descargue mi furia lazando todo mi trabajo de meses por la habitación. Verlos caer en cámara lenta me liberaba, expulsaba todos aquellos deseos de pegarle e insultar una vez más a ese desagradecido. No sentí el impulso de recogerlas y ponerlas en orden, como habría reaccionado en otra ocasión. Tiré mis zapatos a un lado y abrí el grifo de la ducha. Me desvestí tan lento como pude y dejé que el agua, además de limpiar mi cuerpo, purgara mi alma y dé un poco de calma a mi desgarrado amor. Fue entonces, que pude recordar sin intentar romper lo que tenga a mi alcance lo que había vivido ese día.
Me desperté sintiendo un nudo en mi pecho, lo miré descansando a mi lado pacíficamente. Lo observe por unos minutos hasta besar su frente y decidirme a salir de la cama. Debajo de las gruesas mantas no podía sentirse ese frio cruel que me erizo la piel en cuestión de segundos. Mientras tiritaba elegía ese conjunto que a él tanto le gustaba y soñaba despierta con los sucesos que me estaban esperando. Su café humeaba en la mesita frente al sofá. Yo terminaba de leer las últimas noticias del diario on-line, cuando él se sentó frente al café refregando sus ojos como un niño molesto por el sueño que no pudo continuar y refunfuñando por el clima no placentero que nos iba a golpear al salir del departamento.
- ¿Por qué te pusiste ese traje? – me preguntó Esteban Donna frunciendo el entrecejo, reflexionando con cada detalle en el que sus ojos se detenían. Era el típico mimado de mamá y papá. De mucho dinero, heredado, y parte también, ganado, gracias a su exitosa empresa constructora multinacional junto a trabajitos sucios que le abrieron el camino frente a la competencia.
Esteban Julio Donna era el menor de tres hermanos. Nunca sintió la espera de mamá y papá después de varios días de no verlos porque trabajaban hasta tarde, usar el guardapolvo de la hermana a la que ya le queda chico porque no contábamos con tanto dinero como para derrocharlo en uno nuevo para cada una. Siempre tuvo lo que quiso, y aún más. Caprichoso y altanero. Sus ojos azules mirando con desaprobación a todo al que se le acercase. No sé cómo pude enamorarme de una persona así…
- Es el que a vos te gusta, mi amor.
- Si, lo sé. Es para ocasiones especiales, ¿por qué te lo pusiste?
- Hoy, después de almorzar. ¡Dijiste que íbamos a hablar con tus padres para contarles lo de nuestro casamiento!
- ¡Ah! Sí, sí, claro. Bueno, en realidad, papá nunca me contestó el llamado…
- Llámalo ahora sí que…
- Además viven ocupados los dos, no podemos ir a molestarlos con nuestras boberías. No está decidido lo del casamiento Cande, eso tenemos que hablarlo después.
- ¿Cómo que no está decidido? Ppero vos… ¿no te querés casar conmigo? – exclamé totalmente asustada por lo que estaba escuchando. Ya mis planes de vida se veían concretados cuando conocí a Esteban. No iba a tener que volver a casa después de terminar mis estudios, iba a tener todo lo que cualquier chica demasiado soñadora podría llegar a querer. Es por esto que al digerir esas palabras el pánico me apresó de tal manera que no lo podía creer.
- No, corazón, no es eso lo que quise decir. Sino que es medio apresurado, ¿no te parece?
- ¿Apresurado decís? Esteban, ¡cuatro años juntos! ¿Esperas recibirte, entrar a la empresa de tu padre y que sigamos viviendo juntos nada más?
- ¡Candela, basta! A lo que me refiero es a que podríamos esperar aunque sea un añito más, ¿por favor? – mis ojos se hinchaban a la vez que trataba con todo mi cuerpo no dejar escapar esas lagrimas delatoras. – Dale bebé, un tiempito más. Últimamente estoy con muchas cosas en la cabeza, lo sabes. No puedo encima andar pensando en un casamiento, ¡en mi casamiento!... Te amo Cande, muchísimo.
Asesinos furtivos, sus besos lograron que todo mi enojo se disipe. Lo vi marcharse con una sonrisa radiante por su triunfo y con la promesa de que lo llamaría a su padre para hablar de la idea de casarnos en un futuro. No es necesario que aclare lo decepcionada que estaba, desilusionada de mi fortaleza y de sus palabras.
Aun así, ilusa como siempre, me quedé observando nuestras fotos juntos, convenciéndome de que era tanto trabajo el que lo había hecho dudar. Acaricié el anillo de compromiso con ternura y me dejé llevar por los felices recuerdos. Di unos cuantos retoques a mi proyecto antes de imprimirlo, arreglos finales antes de la hora clave. Marqué el número de Matías y escuché el tono impaciente.
- ¡Por fin querida! Me tenías muy preocupada. ¿Por qué no llegaste con tu estrellita a la empresa?
- ¡Ay Mati! Tuvimos una pelea.
- Me imaginaba. A veces me sorprendo de lo intuitiva que puedo llegar a ser. Pero bueno, contame dale. ¿Qué asquerosidad se le escapó ahora?
- No, mira, prefiero contarte después personalmente. ¿Te enojas?
- ¡Pelearte con ese chico te deja las neuronas en corto circuito nena! Me contas cuando llegues. Mándame un mensaje de texto y bajo en segundos. ¿Contenta?
- Ja, gracias corazón. Avísale a Fernanda que… fui a buscar el auto al taller y por eso me retrasé. Besos.
Desde mi llegada a Donna Inc. & Co., mi único amigo, o amiga, es Matías. Cuando todos me ignoraban y pretendían desalentarme con sus actitudes poco amigables, este ser lleno de alegría se me acercó. Contándome de su vida, como debía manejarme dentro de la empresa, quien era quien dentro de cada departamento, los chismes. Sufrí junto a Mati las infinitas peleas con Esteban, y el sufrió junto a mi sus decepciones. Si no tendría que hacer la excepción de que no le gustan las mujeres, podría ser mi pareja, pero como no es el caso es mi hermano, mi mejor amigo, mi gran confidente.
Después de lo que pasó con Esteban, necesitaba realmente escuchar esa voz tan familiar, que me hacía sentir segura, que a alguien le importaba saber de mi y que ese alguien iba a buscar soluciones aunque tenga que dejar su adorado puesto de trabajo por una hora.
Reuniendo la información en su cabeza, Mati llego a la conclusión de que esa relación tan de Hollywood, como él la llamaba, se estaba terminando, o que me tenía que dar cuenta de que nunca había empezado. Yo había dado más de la cuenta a un hombre que, sinceramente, nunca dio señales de compartir el sentimiento de amor dentro de la pareja.
- A mí, realmente, nunca me termino de gustar este rubiecito y te lo dije. Mucho hablar de que quería tener una vida con vos y cuando tiene la oportunidad de hacerte su mujer, ¡se asusta! Debe tener el problema que tienen todos los hombres…
- ¿Cuál?
- Miedo al compromiso.
Que fácil suena analizarlo de esa manera. Miedo al compromiso, ¿existe realmente o verdaderamente nunca me amó? Me vi en la difícil tarea de tomar una decisión. Estaba claro que si de él tenía que ser la decisión, el “vivir juntos” podía llegar a ser eterno. Tomé el consejo y me llené de valor mientras caminaba a la oficina que compartía con su padre. Pensaba y reformulaba el orden de las palabras que iba a decirle, ajustaba la frase, le agregaba y le sacaba cosas que me parecían inútiles de recordar o tan esenciales que no podían ser dejadas fuera de la mesa.
Seguramente, su padre, Leonardo Donna, estaría en la habitación, entablando una discusión con ese hijo que más de un dolor de cabeza le daba. Intentando hacerle entender lo importante que era no perder contacto con tal familia o no ceder ante presiones del sindicato, después de tantos años debían mantener su firmeza. Esteban lo miraría enojado y le daría la espalda, en señal de que lo detestaba todavía más, aunque su dichoso padre ignore ese odio por completo. Me iba a disculpar con Leonardo, luego le pediría un minuto a solas con su hijo, quien tendría que entender por las buenas o por las malas que nos casábamos o dejábamos de vivir juntos, para ser una pareja normal o como yo la pretendía por lo menos.
Era cada vez más corta la distancia que me separaba del final de mi relación con el chico perfecto o del inicio de una nueva etapa en mi vida amorosa. Las piernas me temblaban, pedían que someta a los acontecimientos de mi suerte y que siga con lo que venía haciendo: aguantar a un creído maleducado simplemente por mi encantador futuro. Pero no, estaba decidida, aunque por mis expresiones corporales demostraba lo contrario. Iba a triunfar finalmente en el amor cuando atravesara esa puerta…
Nunca desee tanto estar teniendo una pesadilla, de la que pronto me iba a despertar para darme cuenta de que todo seguía igual, y que podía volver a dormir tranquila. Arrepentida de no haber esperado que él me llamase pidiendo perdón o con una mentira más creíble. Odiando mi ingenuidad. Pensar que estaba segura de que en su vida no podía existir otra mujer, que era yo su única dueña.
Pasmada desde el umbral de la puerta observaba tan cruel espectáculo. ¿Por qué no golpee para pedir permiso antes de entrar como siempre lo hice? Sentí una lagrima resbalarse y un grito ahogado que recorrían mi cuerpo, fue entonces, que se dieron cuenta de mi presencia aturdida. Esteban abrió los ojos de par en par y empujó a Fernanda de su falda casi haciéndola caer de espalda al suelo, rápidamente ambos se vestían, el trató de acercárseme con una mano extendida y una expresión atormentada. Mis ojos y facciones se endurecieron mientras abrazaba fuertemente la carpeta contra mi pecho y retrocedía ante sus intentos de hundirme junto a él para no perderme. Ella, con una sonrisa burlona tomó de su hombro y apoyo su cuerpo junto a él.
- Cande, mi amor, no es lo que parece. Te lo juro, por favor, quédate y escúchame.
- ¿Quedarme Esteban? ¡No tenés idea de lo que me estas pidiendo! ¡No te quiero volver a ver! – traté de tomar la perilla de la puerta a mis espaldas pero con la desesperación que abordaba no atinaba con su ubicación.
- Déjala honey, que se vaya. Alguna vez se lo ibas a tener que contar.
- ¡Cállate, puta! ¡Todo es culpa tuya!
Estoy segura de que fue la exasperación causada por la sorpresa la que lo llevó a decir eso. Entre gritos e insultos llegó Leonardo, todo se complicaba aun más.
Siempre tuvimos esa relación que con su hijo no pudo establecer. Contaba historias de su familia, como habían llegado hasta Argentina, cuanto esfuerzo y dedicación habían puesto para que este negocio funcione y de sus frutos como ahora lo hacía. Llegó a llamarme “hija” alguna vez, abrazarme con todas sus fuerzas en la fiesta de Año Nuevo y recordarme que tanto lo alegraba que su hijo por fin haya encontrado a alguien que valiese la pena incluir a la familia. Leonardo era la razón por la que yo mas disfrutaba ir a navegar o a cabalgar, a Esteban eso ya lo aburría y con Dolores no nos entendíamos muy bien. Era mi padre también, del corazón, quien me escuchaba y padecía las peleas de la pareja. 
Al ver mi expresión angustiada, contuvo un grito colérico y me tomo del brazo. Sus ojos azules me observaron con tristeza al dejarme fuera de su oficina para cerrar la puerta.
Corrí a toda prisa por el pasillo, baje los tres pisos por las escaleras y empujé con todas mis fuerzas la puerta de entrada al edificio. Necesitaba alejarme, no me importaba haber olvidado mis cosas en la empresa, nada me importaba, lo único que podía hacer bien era huir lo más lejos posible de allí. El viento no me permitía caminar con facilidad, tan fuerte era que revolvía mi cabello y tironeaba de mi ropa para hacerme caer…