lunes, 29 de marzo de 2010

Interrupción

Debido a problemas de falta de creatividad o de ideas, esta historia se encontró con un vacio bastante grande.
Pienso que es más fácil deshilacharme cuando mas ocupada y peor me encuentro. Pero, me di cuenta, a los golpes, que no es asi. Que yo puedo construir una vez más esta historia necesita de mucha paciencia para conmigo y paz.
Gracias a varios cambios en mi vida, pausas, caidas y volver a levantarme, próximamente podré subir otros capitulos de "En algún lugar".
Saludos,
MVA.

martes, 6 de octubre de 2009

NOTA sobre la parte "Cuatro"

Debido a un error en la subida al blog, hay partes que no figuran, asi que en el orden en que aparecen, les dejo las frases que no están. Espero que se den cuenta de que es dónde ven "<" o ">".

-No te lo permito, que sea la última vez, por favor
-Fue más fácil con María al lado mío
-Ella es mi todo, por ella sigo






M.V.A~.

Cuatro (sigue)




- No sé que hice, ¡Qué tarado! Ahora te compro otra.
- Deja, prefiero agua.
- Entonces, agua será.
Emprendimos nuevamente nuestra caminata nocturna, me tomaste de la mano y no dejábamos de sentirnos como dos adolescentes. Te miraba de reojo y temblaba, aclarabas tu garganta y reías.
Me enteré de que naciste en San Justo, declaraste que al llegar te sentiste solo y desamparado, con tus ingenuos 18 años a Santa Fe para estudiar Abogacía. Te costó la transición de dejar a tu familia, amigos, resistir de volver todos los fin de semana y abandonar la carrera, pero siempre te acordabas del orgullo que emanaba tu “vieja” cada vez que te hablaba por teléfono o cuando le contaba a sus amigas entre mates lo bien que te iba a ir, porque confiaba ciegamente en tu responsabilidad, inteligencia y compromiso, ella sabía que terminarías siendo un excelente abogado de la gran ciudad. En tu época de debilidad emocional te encontraste con María, de Sunchales, y fue ella quien te enloqueció de amor. Estaban la mayor parte del tiempo juntos, le contaste absolutamente todo y no te arrepentiste, porque aunque hoy estabas dolorido y esperando que vuelva, te enseñó una nueva forma de amar. Estudiaste, trataste de cumplir con tu parte del trato y sentías como de a poco podías abandonar las caminatas solitarias que tomabas en tus noches de insomnio. De la pensión inicial pasaste a un departamento cerca de la Universidad. Era palpable la necesidad de socializar que te invadía, no tardaste en hacer amigos y buscar compañeros de estudio. Aunque era demasiado, más de lo que te sentías capaz de soportar, te amoldaste a los cambios y a toda esa inmensidad >, y después sentiste que todo era en vano, pero como tenias marcado el amor y compromiso con tu madre…
A tu padre no llegaste a conocerlo, nunca preguntaste demasiado ni te contaron demasiado como para armarte una imagen semejante a él. Crees que no fue justo con tu vieja, que la abandonó y que nunca te quiso, y para amargarte con cosas así, preferías no saber, pero siempre te sorprendías mirando a alguna que otra pareja recién casada con su bebé, preguntándote como hubiese sido que se quede con ustedes.
Tu vieja, tu primer amor, ella te enseñó a ser quien eras. Te protegió y peleó para que puedas estudiar lo que querías y nunca te falte nada. Los cumpleaños con tus amigos, Bariloche, salidas… >. Que madre más feliz debe ser, que persona más hermosa crió, ella sola.
- Contame sobre vos ahora, ¿dale? – me preguntaste con un tono más relajado, mientras nos sentábamos en las escaleras del edificio de Mati.
- Bueno, sobre mi… Soy de Rafaela. Siempre quise estudiar Arquitectura y acá estoy. Vengo de una familia media, ni pobres ni de esos que están muy bien, en el medio. Tengo una hermana y un hermano, Clara y Juan Pablo, más grandes los dos. Clara es Contadora, y trabaja en el municipio de Rafaela. Es la que más suerte tuvo, un buen trabajo, un marido que la adora, y ahora espera su segundo hijo. Juan Pablo está terminando su especialización en Oftalmología en Buenos Aires, y para tener su plata extra, trabaja en un pub. Soltero empedernido, mamá se preocupa, cree que es momento de que siente cabeza, porque después es más difícil encontrar a alguien, ¿no? Pero, siempre está papá, defendiéndolo y diciendo que ahora tiene que disfrutar bla bla bla.
- ¿Hablas seguido con ellos?
- No, lamentablemente no. Siempre fui la oveja negra de la familia, aunque no lo parezca. Más rebelde que mis hermanos en la adolescencia, les comunicaba menos de mí. No sé, ellos están más pegados a mis viejos que yo. Y esa es una de las razones por la que no hablamos mucho, es tenerlos a todos en mi contra.
- Qué raro, pensé todo lo contrario. Vos, más apegada a tus viejos y hermanos…
- Es difícil, pero yo siempre quise irme de Rafaela, de Santa Fe. Siento que me ahogo acá, me gustaría más el anonimato de las grandes ciudades como Buenos Aires, Córdoba… Te quedaste serio, ahora te espanté.
- No, no, para nada. Me encantas así. Debes tener muchas cosas por contar, y sé que no me la vas a hacer fácil, pero voy a saber todo de vos, te lo aseguro.
Con un beso pusiste fin a lo que sea que intenté decir después. Marcaste el principio de no querer volver a estar sola, porque con vos podía soltar todo eso que con nadie compartía. A pesar de estar muriendo de frio y de ganas de quedarnos juntos, me recordaste que tenías que trabajar. Rodeaste mi cintura, y con una mano quitaste el pelo que tapaba mis ojos, me hiciste sentir indefensa ante tu mirada, perdidamente atada a tus labios, locamente involucrada con tus palabras. Debías dejarme ir, tenía que dejar que te vayas, pero que difícil… Deslice los dedos en el bolsillo de mi campera, toqué las llaves heladas y me aferré a ellas como único medio de salvación. Caminé cuidadosamente, tratando de no tropezar mientras te miraba, escalones, uno por uno, uno más lejos de ti. Tu mueca torcida era el reflejo de tu malestar, estabas clavado a la acera mirándome partir. << ¿Te puedo llamar mañana?>> ¡Qué pregunta estúpida, Luca! Claro que podías llamarme mañana, mientras estuviese en el ascensor también podías, antes de cerrar los ojos, apenas te levantes, podías, podes.

lunes, 5 de octubre de 2009

Cuatro







- Quedó linda esta parte del puerto, ¿no te parece? - ¿Cómo no podía estar más de acuerdo si tenías la luz alumbrándote de esa manera? Qué hermoso pesar que me producías, pero tenía que disimular.
- Si, lástima las ratas
- ¿Las ratas? ¡Ah, sí, las ratas! Bueno, pero ellas llegaron primero
- Luca, ¿es broma? ¡Estas viendo una película y tenés esas ratas horrendas caminándote entre las piernas!
- ¡Masajes gratis!
- Si, ¿cómo no se me habrá ocurrido antes?
- Para eso me tenés a mi – lograste sonrojarte y mirar el piso casi al mismo tiempo.
- Si… ¿No querés saber por qué te busqué? – te pregunté con total despojo de vergüenza, no hubo asomo de temblor en mi voz. Me aferré de la barandilla y miré el río, tan oscuro y con un movimiento imperceptible, como mis sentimientos la noche anterior. Los segundos que tardaste en torcer tu cabeza para comprender lo que llegaba a tus oídos y responder, fueron eternos, eso considerando que exista la eternidad de algo así, claro.
- En realidad, ni siquiera me lo pregunté, hasta ahora.
- Bueno, no es un buen día para vos, por qué yo tampoco lo sé.
- ¡Ah! Que detalle…
- Pero quiero que te quedes, me haría mal no tenerte a mi lado, ahora, más tarde, mañana.
- Y sin embargo, no logro superarlo a “él”, ¿no?
- Al contrario, y no. No sos comparable con Esteban, él me lastimó muchísimo. Vos no.
- Pero…
- Pero, su presencia, provenga del dolor o no, es muy fuerte todavía.
- Prometo no lastimarte, aunque no me provoques. No quiero usar ese método como excusa para que tu cabeza y corazón sean míos.
- Tranquilo, ya lo son. Solamente dales tiempo a sanar.
- No entiendo. Si necesitas tiempo, podrías haber esperado para buscarme.
- ¿Qué? – juro que aún hoy, no entiendo lo que estaba pasando esa noche. Haciéndonos reclamos de pareja de años o meses, lastimándonos sin querer. Sufriendo por el otro sin saberlo. ¿Qué era eso?
- Perdón, no sé lo que digo. No estoy pensando, estoy sintiendo Candela. Y es muy temprano para que sea así. No es justo que te diga estas cosas, hace poco ese idio… Dos días no más pasaron y yo enloqueciéndote. Perdóname.
- No te voy a perdonar si lo volvés a repetir.
- Bueno, pero… - con la misma facilidad con la que encendiste tus ojos de rabia, dejaste que se llenen de impotencia. Me recibiste entre tus brazos cautelosos, presionaste tu cuerpo contra el mío y acariciabas mi pelo a tu compas.
Si lo deseábamos, éramos la pareja de una postal de París, pero no plenas de amor y con el Sena detrás. Nos sujetaba el mareo, las sensaciones encontradas por nuestros cuerpos, de calor ante el viento helado, los movimientos pausados e inseguros, nuestras mentes trabajando en encontrar una respuesta a toda aquella situación anormal en nuestras rutinarias vidas. Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla y tu boca besarla, para luego susurrar en mi oído entrecortadamente <>.
Alcancé a instruirte con una sola mirada lo que debíamos hacer cuando el BMW negro se acercaba al fin del estacionamiento. Me colocaste mecánicamente del lado del rio, posaste tu brazo sobre mi hombro, y comenzaste a caminar. Seguimos a paso lento el camino y al doblar pude fijar la vista en ese auto. El conductor, de unos 30 años discutía con un hombre un tanto mayor acaloradamente, mientras una señora de la misma edad de aquel en el asiento del acompañante, miraba sin ver los detalles del asiento que tenía delante. El segundo hombre, de casi 60 años, bajó enfurecido, azoto la puerta y rodeo el automóvil hasta llegar al lado izquierdo trasero, justo para abrir la puerta de la señora, la que descendió algo ausente de la situación y del ambiente en el que se había encontrado. Ofreció su mano para que su marido la tome y la lleve dentro del edificio. Su hijo, Esteban Donna, observó cómo sus padres, Leonardo y Dolores Donna se alejaban de él sin voltear para esperar por él. Que mal aparentaba estar pasándola. Ojeroso, con expresión vacía, apagó el motor, las luces y se quitó el cinturón de seguridad. Parecía flotar cuando salió del auto, con una gracia mortífera y fantasmal. Puso ambas manos rectamente firmes a cada lado de su cuerpo, enderezó su espalda y cambió sus facciones. Mientras caminaba, rey de dominios inexistentes, zancadas en tierra despoblada, destilaba indiferencia, enojo, altanería.
Contuve mis ganas de correr hacia él y despreciarlo, pero te dejaría en evidencia. No era una escena perfecta que memorar, abrazada al hombre de ensueño, que como en los cuentos de hadas llegó para rescatarme con su armadura dorada y su blanco corcel, observaba al otro hombre, quién por cuatro años fue actor principal de la obra de mi vida. Suyo era el escenario y el teatro dónde actuábamos día a día. Éramos la pareja perfecta, la presentación más codiciada, la pareja más taquillera, con millones de espectadores, que conformaban la gran mentira. Fue él, quien minutos antes de la actuación de despedida, tras bambalinas se escurría con una actriz secundaria, y no vio caer el telón de nuestras vidas sobre su cuerpo. “El triste final de un gran éxito”, exclamaban los titulares. “La impotencia de la belleza”, recalcaban otros, refiriéndose a la actriz que desmenuzada quedó luego de tal escándalo. Lo que ellos no saben es que, a pesar de los “Traté de pedirle perdón pero nunca respondió a mis llamados”, esta estrella ya no pisa las tablas, no seguirá ningún otro guion, ni sonreirá falsamente a cada apodo burlón. Los días de Hollywood y Channel acabaron, al igual que su amor por aquel actor.
Es ahora, aquel tímido acomodador, él que la hace reír y sentirse como nueva. Le muestra escenarios clandestinos a los flashes y periodistas desalmados. Los locos más locos y los ebrios más sanos, son fieles espectadores de estos nuevos cantantes. Aprecian sus amateurs intentos de cantar una melodía que no suene a melodrama, pero tampoco destile alegría melosa.
Fueron los arboles y flores, gatos y perros callejeros, los que se deleitaron con el estreno de tan nueva mezcla sonora. Fue el banco, casi nada iluminado, de la plaza Colón, el testigo de tan abruptos besos y caricias, entre llantos y risas. Este se denominó “El Concierto Del Año”, por ranas y sapos. La música del rocío sonaba muy fuerte, muy deliciosa, y pegajosa. El debut de los músicos más inexpertos, ante miles de hojas caídas y raíces prominentes. Un show lleno de emoción y agradecimiento, con un escenario de mármol frio y más vapor de lo permitido. Los dos temblábamos, por la helada, por el calor, de nervios, de felicidad…
Nos ovacionaron tanto nuestros cuerpos que fácilmente olvidaba por qué tanto había sufrido. Eras especial, especialmente mío. Ceñida entre tus brazos no era correcto recordar el pasado, no lo podía hacer aunque lo intente, me contabas todo tipo de cosas raras, sobre la tierra, el aire, el fuego y el agua. Había tintes de un niño disfrutando de su juguete nuevo, aquel que anhelaba tanto, me mirabas y examinabas sin cesar, maravillado, cauteloso. Emprendías tu vuelta al mundo en 80 días, al tocar mis mejillas, recorrer mis labios, nariz y mentón. Observaste mis dedos detenidamente, los mezclaste con los tuyos sonriente. Si así no ensucio tu figura, puedo decir que escupías alegría con tu mirada, me contagiabas tu excitación, me hacías sentir una niña.
Tiraste Coca – Cola por todo tu jean, te mordiste el labio, y cual niño avergonzado de su torpeza, esquivabas mi mirada y aguantabas tu risa.

jueves, 27 de agosto de 2009

(continua 3)



- ¿Vas a ir a la empresa? – dijo Mati con una voz ronca y todavía perdida entre las sabanas.
- No creo…
- Te traigo tus cosas en el horario que salimos para almorzar, ¡y no me discutas! Cámbiate, ponete algo lindo que salgo y te vengo a buscar, para ir a esos lugares, que a vos tanto te gustan.
- La verdad… no me entusiasma mucho la idea. Preferiría ir con vos ahora y después… no sé.
- Para que me gasto yo en hablar apenas me levanto. Con esta voz y esta pinta no convenzo de nada a nadie.
- Gracias.
No exagero si digo que me sentía diminuta al lado de esa puerta amenazante a mi cordura. Tampoco lo hago si admito que ahora que pasó un tiempo razonable, todavía me afecta pasar por enfrente, por la vereda contraria o simplemente recordarla. Esa puerta encierra mentiras, una más dulcemente peligrosa que la otra. Sostuve como alguien que acaba de despertar de un coma, mis cosas entre mis manos y vi como alguien a quien yo admiraba por su fuerza y apego a su trabajo volvía a meterse en ese laberinto espantoso para formular una fachada de supervivencia, que nada encajaba con su interior muerto de miedo por encajar, ser aceptado, valorizado.
Llamadas perdidas, mensajes de texto, mensajes de voz, que no iba a responder, leer, escuchar. Simplemente los borraría, borraría como hacen en las películas de militares de a poco la mugre del suelo con nada más que un cepillo de dientes, hasta que se gasten sus cerdas y solo quede el mango para continuar. No sería fácil, pero debía olvidar y castigar el dolor mundano que eso me produciría.
Saque tu número de teléfono del fondo del bolsillo, y ni siquiera realmente mire el papel. De tantas veces que me había descubierto memorizándolo, no tenía pudor en decir que ya lo había grabado en mi mente para reemplazar otro. Mi celular no tenía la batería suficiente para decirte todo lo que tenía en mente, por esto me limite a decirte quien era y que pretendía con esa llamada.
Una vez en aquel apartamento, que una vez pretendí mi casa, junte la ropa necesaria, luego mandaría a buscar el resto, y mis papeles, apuntes, entre otras cosas. Di un último adiós estático a las habitaciones, para luego emprender mí camino por Boulevard con mi bolso grande y pesado, pesado y grande, grande en su tamaño y por su contenido, pesado por la cantidad de cosas que llevaba y por las que no cabían dentro de él, que aun pesaban más. Pretendía estar prestando atención a mis pasos, aunque no era así. Me encontraba en un mundo en el que nada importaba más que lo que tenía sujetado en mis manos, de hecho, ese bolso era mi mundo ahora. Era lo único seguro a lo que me podía sujetar, entiéndase, tangible. Parar para ver los cambios del semáforo y no entender por qué la gente desespera tanto, cuando tienen tantas razones por las que esperar… Verde, amarillo, rojo. La misma secuencia una y otra vez, todo a mí alrededor cobraba un sentido distinto al pasar. Todos ríen, muchos fingen, algunos lloran. Reuniones de viejas y frecuentes amigas que, sin remedio alguno religiosamente asisten a su encuentro, qué sus hijos fracasan, que sus hijos triunfan, que sus maridos engañan, que no dejan vivir. Hay quienes corren, trotan, caminan, con amigos o solos. Los solitarios, se aíslan con música y no dejan que los acompañe la soledad, o aceptan que no tienen o no quieren a nadie a su lado, huyen de ellos mismos, de aquellos, de nosotros, de todos.
Con más de veinte cambios y unos finos dedos que parecían salchichas después de tanto viaje, miraba atentamente la esquina de “Estación Matilde”, te buscaba sentado esperándome, pero no, no afuera, el tiempo nos amenazaba otra vez, si, podías estar esperándome con el calorcito de la calefacción y olor a café. Qué bien me hacía sentir pensar así, que aliviada me encontraba. No me equivoque, ahí estabas… Las luces no hacían más que resaltar esa especie de aura encantadora que te envolvía, eras, por decirlo de otra manera, la única estrella que para mi brillaba en esa habitación oscura.
- ¿Tan difícil fue decidirte a llamarme? – y que pregunta tan errada, que sonrisa tan maldita me dirigiste. Pude ver la felicidad en tus pupilas, tus movimientos y esos hoyuelos… El café ahora llevaba canela, el aire chocolate, y todo de vos, de mí. Esperaste lo suficiente para preguntarme como me sentía. Qué extraña nuestras vidas, dos extraños hablando de intimidades en un segundo café, después de un salvataje en pleno Santa Fe. De nada sirvió que me cuentes tus defectos: desordenado, humor cambiante, amante del café y el cigarrillo, demasiado apasionado, celoso y… detallista. Todo fue encantador, sobre todo porque para mí así lo era, no podías hacerme sentir de otra manera.
Cualquier psicólogo dispuesto a los desafíos, sin dudas tomaría nuestro caso. ¿Amor lo llamamos? Sí, estoy de acuerdo con esa descripción. Amor puro y enjaulado, que no me dio respiro desde que lo conocí. Puede que me haya encontrado débil pero lo amaba y me había salvado de mi misma, de dejar de creer en la vida más allá de los fracasos. Que lastima, vos todavía no sabías que ocurría en mi cabeza, que tanto anhelaba tus labios, acariciar tu cabello y conocer hasta tus más oscuros secretos. Pero eran palpables tus respuestas totalmente acordes a mis deseos. Al fin y al cabo, así entiendo como tu mano cayó accidentalmente sobre la mía y entrelazaste tus dedos con los míos, lentamente, lastimosamente. Pagaste vos, después de uno de esos largos discursos míos sobre porque los hombres deberían dejar esas costumbres tan anticuadas. Vos te reías y me alcanzabas mi campera, lo mirabas al mozo, tan divertido, parecías estar viendo una buena comedia. Como quien no quiere seguir echando leña al fuego, tomaste mi bolso, evadiendo mis torpes intentos por recuperarlo. Soltaste por primera esa risa tan particular, nerviosa pero aturdidamente feliz. Me acompañaste hasta la puerta de la casa de Mati, y yo veía como tratabas de disimular el entumecimiento que sostener tanto peso le causaba a tu hombro, y para despistarme, sonreías. ¿Cuántas posibilidades había de que ya sea tuyo el poder de dar con mi debilidad? Me preguntaste con disimulo si no necesitaba ayuda para transportar tantas cosas, te expliqué a donde iba y el respeto que tenia por esa casa. Aceptaste la idea de ir a caminar un poco más, la noche estaba perfecta, fría pero ideal para los dos.

Tres



La cama me parecía mucho más amplia entonces, después de mi baño canalizador, me extrañaba no acordarme de sus dimensiones tan claramente como antes lo había pensado. No solo podía estirarme libremente por ella y que sobrara espacio, sino que, sentía como parpadeo a parpadeo me iba hundiendo cada vez mas entre las sabanas. Inconscientemente fijé la vista en una mancha de humedad del techo. Cuantas veces me había molestado y Esteban me convencía de que él se ocuparía de llamar luego para que la arreglen, mentiroso.
Ocupada como me encontraba con mis recuerdos, cree una burbuja donde nos encontrábamos yo y la cama solamente. Fue así que me permití la tranquilidad de no responder a las llamadas incesantes, que sonaban nítidamente como una alucinación o de tres o cuatro pisos más arriba. Desnuda y en soledad, podía identificar cada reacción de mi cuerpo ante las imágenes que invadían mi mente. Como en una película, donde automáticamente pasan esos momentos cruciales que, durante cuarenta minutos nos marcaron el obvio o no tan obvio final, veía mi día, a sus personajes, sus palabras, sus movimientos, expresiones y tropiezos. Te vi. Te recordé tan lleno de luz como tu existencia lo ameritaba. Luca, ¿quién eras realmente y por qué la vida decidió cruzarnos tan prontamente? ¿Acaso prevenía mi caída solitaria? En un pedazo de papel pequeño tenía anotado tu número de teléfono, te tenía a vos junto a mí de alguna manera.
No sé exactamente qué es lo que estaba esperando ahí tendida. La presencia de Esteban no sería más que perturbadora, y sin duda alguna, de momento a otro iba a aparecerse por ahí. Busqué mi celular en vano, ya que lo había dejado en la “operación escape”, esa mañana en mi oficina. Caminé por la oscuridad del departamento hasta el living, tomé el tubo y hablé por fin con mi mejor amigo. Sin pensarlo, a las dos de la mañana me dirigí a casa de Mati. Me acuerdo bien de cómo abría la boca atónito, acompañando su mirada desorbitada de la impresión que la historia le causaba. Golpeó la mesa un par de veces, lo insultó, los insultó, amenazó sus vidas, hasta que finalmente bromeó con la boda y la fiesta que ya no íbamos a tener que planear. Omití a Luca totalmente. Quería que su imagen se preserve tal como yo quería, angelical, único. Cualquier comentario de quien no había sido participe de nuestro encuentro arruinaría y desmoronaría ese lazo impalpable de los dos.
Después de pasar la angustia del recuerdo, me encontré riendo con un vaso de vino tinto en la mano. Mirando fotografías de fiestas de disfraces, cuando todavía me permitia ser quien siempre fui. Bailaba, saltaba y reia con cualquier chiste sin sentido que escuche. Seguían en mi vida aquellos amigos de la secundaria, sus consejos y sonrisas. Todo lo que dejé por... Bastaba que algo me haga acordar de mi idiotez y brotaba por mis poros ira, tristeza. Como siempre, desde que nos conocimos y alguno de los dos necesitaba asilo por parte del otro, te abrace fuerte como hacía mucho no abrazaba así a alguien y de a poco te fui soltando amigo, te dormías con cada segundo de falta de agitación, mis brazos ya no te ahogaban y te dejaban respirar. De todas maneras, algo de mí, te seguía envolviendo pero más sutilmente. No necesitabas darme las gracias para que yo sepa que ese desapego era un total alivio. A pesar de todo, no pegue un ojo en toda la noche. Ya mis lagrimas se habían secado y así mis ojos, moría de sed pero temía soltarte, ¿y si lo hacía y te marchabas vos también con alguien más? ¿Con alguien que no llore al ver la traición? ¿Qué no se desoriente ante la impresión? No, no podía abandonarte. Te veías tan dulce así dormidito, dejabas caer tu mascara impenetrable de indiferencia con el resto del mundo, de inhalación en inhalación, de sueño en sueño, como tantas veces, me permitías ver a ese ser que tanto amaba al descubierto. No quiero decir que así lo necesite, porque no estando dormido, yo te reconozco en cada mueca mi amigo, sí que lo hago, y disfruto tus esfuerzos jornaleros, de verdad que lo hago.


Las luces de los autos que iban y venían, en una danza con un entretiempo de 45 segundos, fueron mis compañeras y hasta creí escucharlas murmurar que ellas no eran solo eso. Qué locura, tanto dolor le roba la cordura a cualquiera. ¿Dolor? No, no es ese dolor del amor perdido, es el del fraude que viví durante largos años convencida de que era todo perfecto, de que nada podía estar mal, que por fin había encontrado mi lugar tan deseado con arduo trabajo, amor y dedicación. Si habré dedicado mi tiempo a…


Ya cuando amanecía, me revolví en mi lugar de la cama para liberarte por fin. Tantee el abismo que dejaba el espacio entre la cama y la cómoda hasta que me convencí de que no había dejado caer nada de mi cuerpo al moverme. Sonó el despertador y me sobresalte, aun segura de que no era un sonido extraño en mi rutinaria vida plástica.

domingo, 23 de agosto de 2009

(continua 2)



- ¡No! No… en ningún momento se me cruzo eso por la cabeza… en serio…
Nos quedamos hablando por horas. Te termine contando que ese mismo día había encontrado a mi prometido con su “compañera” de trabajo, esa vieja amiga del secundario con la que se había reencontrado en el laburo. Vos me dijiste que hacía ya más de un año que estabas solo, y que por las noches todavía mirabas tu celular esperando esa llamada que diga “Me equivoque al dejarte”. Rememoramos esas tontas películas que todos critican pero que miran una y otra vez en secreto por como los hace reír. Expulsamos un par de veces risas exageradas, nerviosas y turbadas.
No sé en qué momento fue, que dejé de sentir ese vacío, que antes me invadía desde la punta de los dedos del pie hasta la cabeza, pero vos me hacías sentir bien.
Mientras esperábamos por un taxi intentaba con todas mis fuerzas no mirarte, aunque sentía tus ojos clavados en mi espalda. Simulaba mirar un edificio detrás de ti y fugazmente me deleitaba con tu rostro y tus movimientos. No logre convencerte de que no era necesario que me acompañes a mi casa, pero insististe tanto que te lo termine permitiendo. Dijiste muy al pasar que vivías cerca, no había de que preocuparse.
Esperaste a que buscara las llaves dentro de mi cartera para preguntarme nuevamente por mi nombre. “Candela. Muy lindo nombre”, dijiste fijando tu atención en mi boca. La que sentí arder cuando la tuya toco mi mano.
- Puede que ya no estemos en el siglo pasado, donde se les daba besos así a las mujeres pero me parece más respetuoso con Usted, señorita Candela.
Simplemente me dejabas sin palabras. Tu sonrisa había crecido el doble que antes y fue notable la lucha que llevaste por contenerla al dejarme tu número en mi mano. Sin poder controlarme fui tu espejo y así reí.
Subí las escaleras a tientas, tanteando los escalones con cuidado, recordándote. Entré a mi departamento, todo seguía tal como lo había dejado esa mañana. La taza con el café frio posaba junto a la notebook en estado de reposo. Todo parecía estar en su lugar, nada había cambiado allí pero de todos modos la veía oscura, un ambiente denso lleno de mentiras y falsas apariencias. El sofá guardaba falsos “Te amo” y besos vacios.
Descargue mi furia lazando todo mi trabajo de meses por la habitación. Verlos caer en cámara lenta me liberaba, expulsaba todos aquellos deseos de pegarle e insultar una vez más a ese desagradecido. No sentí el impulso de recogerlas y ponerlas en orden, como habría reaccionado en otra ocasión. Tiré mis zapatos a un lado y abrí el grifo de la ducha. Me desvestí tan lento como pude y dejé que el agua, además de limpiar mi cuerpo, purgara mi alma y dé un poco de calma a mi desgarrado amor. Fue entonces, que pude recordar sin intentar romper lo que tenga a mi alcance lo que había vivido ese día.


Me desperté sintiendo un nudo en mi pecho, lo miré descansando a mi lado pacíficamente. Lo observe por unos minutos hasta besar su frente y decidirme a salir de la cama. Debajo de las gruesas mantas no podía sentirse ese frio cruel que me erizo la piel en cuestión de segundos. Mientras tiritaba elegía ese conjunto que a él tanto le gustaba y soñaba despierta con los sucesos que me estaban esperando. Su café humeaba en la mesita frente al sofá. Yo terminaba de leer las últimas noticias del diario on-line, cuando él se sentó frente al café refregando sus ojos como un niño molesto por el sueño que no pudo continuar y refunfuñando por el clima no placentero que nos iba a golpear al salir del departamento.
- ¿Por qué te pusiste ese traje? – me preguntó Esteban Donna frunciendo el entrecejo, reflexionando con cada detalle en el que sus ojos se detenían. Era el típico mimado de mamá y papá. De mucho dinero, heredado, y parte también, ganado, gracias a su exitosa empresa constructora multinacional junto a trabajitos sucios que le abrieron el camino frente a la competencia.
Esteban Julio Donna era el menor de tres hermanos. Nunca sintió la espera de mamá y papá después de varios días de no verlos porque trabajaban hasta tarde, usar el guardapolvo de la hermana a la que ya le queda chico porque no contábamos con tanto dinero como para derrocharlo en uno nuevo para cada una. Siempre tuvo lo que quiso, y aún más. Caprichoso y altanero. Sus ojos azules mirando con desaprobación a todo al que se le acercase. No sé cómo pude enamorarme de una persona así…


- Es el que a vos te gusta, mi amor.
- Si, lo sé. Es para ocasiones especiales, ¿por qué te lo pusiste?
- Hoy, después de almorzar. ¡Dijiste que íbamos a hablar con tus padres para contarles lo de nuestro casamiento!
- ¡Ah! Sí, sí, claro. Bueno, en realidad, papá nunca me contestó el llamado…
- Llámalo ahora sí que…
- Además viven ocupados los dos, no podemos ir a molestarlos con nuestras boberías. No está decidido lo del casamiento Cande, eso tenemos que hablarlo después.
- ¿Cómo que no está decidido? Ppero vos… ¿no te querés casar conmigo? – exclamé totalmente asustada por lo que estaba escuchando. Ya mis planes de vida se veían concretados cuando conocí a Esteban. No iba a tener que volver a casa después de terminar mis estudios, iba a tener todo lo que cualquier chica demasiado soñadora podría llegar a querer. Es por esto que al digerir esas palabras el pánico me apresó de tal manera que no lo podía creer.
- No, corazón, no es eso lo que quise decir. Sino que es medio apresurado, ¿no te parece?
- ¿Apresurado decís? Esteban, ¡cuatro años juntos! ¿Esperas recibirte, entrar a la empresa de tu padre y que sigamos viviendo juntos nada más?
- ¡Candela, basta! A lo que me refiero es a que podríamos esperar aunque sea un añito más, ¿por favor? – mis ojos se hinchaban a la vez que trataba con todo mi cuerpo no dejar escapar esas lagrimas delatoras. – Dale bebé, un tiempito más. Últimamente estoy con muchas cosas en la cabeza, lo sabes. No puedo encima andar pensando en un casamiento, ¡en mi casamiento!... Te amo Cande, muchísimo.
Asesinos furtivos, sus besos lograron que todo mi enojo se disipe. Lo vi marcharse con una sonrisa radiante por su triunfo y con la promesa de que lo llamaría a su padre para hablar de la idea de casarnos en un futuro. No es necesario que aclare lo decepcionada que estaba, desilusionada de mi fortaleza y de sus palabras.
Aun así, ilusa como siempre, me quedé observando nuestras fotos juntos, convenciéndome de que era tanto trabajo el que lo había hecho dudar. Acaricié el anillo de compromiso con ternura y me dejé llevar por los felices recuerdos. Di unos cuantos retoques a mi proyecto antes de imprimirlo, arreglos finales antes de la hora clave. Marqué el número de Matías y escuché el tono impaciente.
- ¡Por fin querida! Me tenías muy preocupada. ¿Por qué no llegaste con tu estrellita a la empresa?
- ¡Ay Mati! Tuvimos una pelea.
- Me imaginaba. A veces me sorprendo de lo intuitiva que puedo llegar a ser. Pero bueno, contame dale. ¿Qué asquerosidad se le escapó ahora?
- No, mira, prefiero contarte después personalmente. ¿Te enojas?
- ¡Pelearte con ese chico te deja las neuronas en corto circuito nena! Me contas cuando llegues. Mándame un mensaje de texto y bajo en segundos. ¿Contenta?
- Ja, gracias corazón. Avísale a Fernanda que… fui a buscar el auto al taller y por eso me retrasé. Besos.
Desde mi llegada a Donna Inc. & Co., mi único amigo, o amiga, es Matías. Cuando todos me ignoraban y pretendían desalentarme con sus actitudes poco amigables, este ser lleno de alegría se me acercó. Contándome de su vida, como debía manejarme dentro de la empresa, quien era quien dentro de cada departamento, los chismes. Sufrí junto a Mati las infinitas peleas con Esteban, y el sufrió junto a mi sus decepciones. Si no tendría que hacer la excepción de que no le gustan las mujeres, podría ser mi pareja, pero como no es el caso es mi hermano, mi mejor amigo, mi gran confidente.


Después de lo que pasó con Esteban, necesitaba realmente escuchar esa voz tan familiar, que me hacía sentir segura, que a alguien le importaba saber de mi y que ese alguien iba a buscar soluciones aunque tenga que dejar su adorado puesto de trabajo por una hora.
Reuniendo la información en su cabeza, Mati llego a la conclusión de que esa relación tan de Hollywood, como él la llamaba, se estaba terminando, o que me tenía que dar cuenta de que nunca había empezado. Yo había dado más de la cuenta a un hombre que, sinceramente, nunca dio señales de compartir el sentimiento de amor dentro de la pareja.
- A mí, realmente, nunca me termino de gustar este rubiecito y te lo dije. Mucho hablar de que quería tener una vida con vos y cuando tiene la oportunidad de hacerte su mujer, ¡se asusta! Debe tener el problema que tienen todos los hombres…
- ¿Cuál?
- Miedo al compromiso.
Que fácil suena analizarlo de esa manera. Miedo al compromiso, ¿existe realmente o verdaderamente nunca me amó? Me vi en la difícil tarea de tomar una decisión. Estaba claro que si de él tenía que ser la decisión, el “vivir juntos” podía llegar a ser eterno. Tomé el consejo y me llené de valor mientras caminaba a la oficina que compartía con su padre. Pensaba y reformulaba el orden de las palabras que iba a decirle, ajustaba la frase, le agregaba y le sacaba cosas que me parecían inútiles de recordar o tan esenciales que no podían ser dejadas fuera de la mesa.
Seguramente, su padre, Leonardo Donna, estaría en la habitación, entablando una discusión con ese hijo que más de un dolor de cabeza le daba. Intentando hacerle entender lo importante que era no perder contacto con tal familia o no ceder ante presiones del sindicato, después de tantos años debían mantener su firmeza. Esteban lo miraría enojado y le daría la espalda, en señal de que lo detestaba todavía más, aunque su dichoso padre ignore ese odio por completo. Me iba a disculpar con Leonardo, luego le pediría un minuto a solas con su hijo, quien tendría que entender por las buenas o por las malas que nos casábamos o dejábamos de vivir juntos, para ser una pareja normal o como yo la pretendía por lo menos.


Era cada vez más corta la distancia que me separaba del final de mi relación con el chico perfecto o del inicio de una nueva etapa en mi vida amorosa. Las piernas me temblaban, pedían que someta a los acontecimientos de mi suerte y que siga con lo que venía haciendo: aguantar a un creído maleducado simplemente por mi encantador futuro. Pero no, estaba decidida, aunque por mis expresiones corporales demostraba lo contrario. Iba a triunfar finalmente en el amor cuando atravesara esa puerta…


Nunca desee tanto estar teniendo una pesadilla, de la que pronto me iba a despertar para darme cuenta de que todo seguía igual, y que podía volver a dormir tranquila. Arrepentida de no haber esperado que él me llamase pidiendo perdón o con una mentira más creíble. Odiando mi ingenuidad. Pensar que estaba segura de que en su vida no podía existir otra mujer, que era yo su única dueña.
Pasmada desde el umbral de la puerta observaba tan cruel espectáculo. ¿Por qué no golpee para pedir permiso antes de entrar como siempre lo hice? Sentí una lagrima resbalarse y un grito ahogado que recorrían mi cuerpo, fue entonces, que se dieron cuenta de mi presencia aturdida. Esteban abrió los ojos de par en par y empujó a Fernanda de su falda casi haciéndola caer de espalda al suelo, rápidamente ambos se vestían, el trató de acercárseme con una mano extendida y una expresión atormentada. Mis ojos y facciones se endurecieron mientras abrazaba fuertemente la carpeta contra mi pecho y retrocedía ante sus intentos de hundirme junto a él para no perderme. Ella, con una sonrisa burlona tomó de su hombro y apoyo su cuerpo junto a él.


- Cande, mi amor, no es lo que parece. Te lo juro, por favor, quédate y escúchame.
- ¿Quedarme Esteban? ¡No tenés idea de lo que me estas pidiendo! ¡No te quiero volver a ver! – traté de tomar la perilla de la puerta a mis espaldas pero con la desesperación que abordaba no atinaba con su ubicación.
- Déjala honey, que se vaya. Alguna vez se lo ibas a tener que contar.
- ¡Cállate, puta! ¡Todo es culpa tuya!


Estoy segura de que fue la exasperación causada por la sorpresa la que lo llevó a decir eso. Entre gritos e insultos llegó Leonardo, todo se complicaba aun más.


Siempre tuvimos esa relación que con su hijo no pudo establecer. Contaba historias de su familia, como habían llegado hasta Argentina, cuanto esfuerzo y dedicación habían puesto para que este negocio funcione y de sus frutos como ahora lo hacía. Llegó a llamarme “hija” alguna vez, abrazarme con todas sus fuerzas en la fiesta de Año Nuevo y recordarme que tanto lo alegraba que su hijo por fin haya encontrado a alguien que valiese la pena incluir a la familia. Leonardo era la razón por la que yo mas disfrutaba ir a navegar o a cabalgar, a Esteban eso ya lo aburría y con Dolores no nos entendíamos muy bien. Era mi padre también, del corazón, quien me escuchaba y padecía las peleas de la pareja.


Al ver mi expresión angustiada, contuvo un grito colérico y me tomo del brazo. Sus ojos azules me observaron con tristeza al dejarme fuera de su oficina para cerrar la puerta.
Corrí a toda prisa por el pasillo, baje los tres pisos por las escaleras y empujé con todas mis fuerzas la puerta de entrada al edificio. Necesitaba alejarme, no me importaba haber olvidado mis cosas en la empresa, nada me importaba, lo único que podía hacer bien era huir lo más lejos posible de allí. El viento no me permitía caminar con facilidad, tan fuerte era que revolvía mi cabello y tironeaba de mi ropa para hacerme caer…

Dos



El viento no me permitía caminar con facilidad, tan fuerte era que revolvía todo mi cabello y tironeaba de mi ropa para hacerme caer. Las lágrimas nublaban mi visión, aumentaban mi desesperación. Recuerdo bien el profundo dolor que llevaba en mi pecho por las calles de Santa Fe. No recordaba cómo había llegado donde estaba parada, solamente miraba al borde del descontrol, las hojas de mi proyecto tiradas en el piso, escapando a algún lugar al que no tenía planeado ir. Mis rodillas resistieron de sostener mi peso y me dejaron caer. Creo que el grito de mi corazón opacó el dolor que el cemento le ocasionó a mi cuerpo al hacer contacto.
Que extrañas maneras tiene el destino de manifestarse.
Cuando automáticamente comencé a juntarlas, unas manos me tomaron por los hombros levantándome de a poco con cuidado y recitando casi en un murmullo “Todo va a estar bien, shh, ya va a pasar. Déjame que te ayude, por favor”. Ya de pié, sin comprender lo que estaba pasando, te veía apurado levantando mis pertenencias y apilándolas en tus brazos, ojeándome cada tanto para afirmar que seguía inmóvil en el lugar dónde me habías dejado.
Acomodaste todo como podías y con una mirada casi tan desesperada como la mía, me miraste. Directo a los ojos, directo a mi sufrimiento. Tu traje se había arrugado con todos esos movimientos bruscos y agiles a la vez. No parecía importarte el sudor que bajaba por tu frente, el frío o que tu bufanda y campera estén a merced de un charco. Con una mirada enérgica y un temblor lleno de ansias, buscabas devolverme lo que había perdido.
Estaba desconcertada. Balbucee algo que ninguno entendió, te entregué mi sonrisa temerosa y mis blancas manos, rojas del frío.
- Me llamo Luca. ¿Y vos?
Es gracioso que después de dicho espectáculo te hayas presentado como si nada de eso hubiese ocurrido. No pude responder al ver tus ojos grises examinarme con pasión, acompañados de esa media sonrisa sagaz. Por eso, aclaraste tu garganta y me pediste que no me marchara. Recogiste tus cosas y regresaste tan pronto como tus piernas te lo permitieron. Tomaste una buena bocanada de aire, que infló tu pecho y que dejaste salir desapaciblemente, te pusiste velozmente tus prendas y me tendiste tu mano. Tu forma de actuar era ahora serena, me invitaste a tomar un café, yo accedí.


Entramos en un bar a media cuadra de ahí, uno chiquito, de no mucha concurrencia “distinguida”. Señalaste una mesa al lado de la ventana pero te diste cuenta de que no era de mi agrado por mi mueca de desaprobación. Sonreíste de nuevo. Antes de sentarnos, me percaté de mi apariencia desesperada, pregunte a un mozo donde quedaba el baño y antes de retirarme, te miré otra vez.


Dentro del diminuto cubículo examiné mis manos, unas medias corridas y sucias al igual que la pollera. En el espejo no había más que una mujer deshecha, con rímel en sus mejillas, un pelo enmarañado y una mirada perdida. Me pregunte que hacia ahí, con ese hombre a quien no conocía pero que extrañamente me tenía hechizada y abatida a la vez. Tus ojos, tu sonrisa, tu voz, no dejaban de pasar por mi mente aun cuando eran otros los recuerdos y razones que buscaba de mi memoria obtener. Ágilmente transformé a esa mujer que está a minutos de dejar que un auto la atropelle, a una que simplemente tuvo un mal día. Luca, repetí su nombre varias veces antes de salir, como si fuese necesario y tomé todo el aire que podía caber dentro de mis pulmones.


El camino hasta la mesa fue interminable. Deseaba poder caminar más rápido pero sin parecer impaciente por estar a tu lado. Hasta que el café no calentó mi cuerpo no dije palabra, y vos tampoco. Respetaste tanto mi silencio como nadie nunca antes lo había hecho.
- Gracias – fue la única palabra que logre soltar sin apartar la mirada de mi taza.
- ¿Gracias?
- Si, gracias por lo que hiciste… y lo que estás haciendo. Aunque no entiendo…
- ¿Qué no entendés?
- No entiendo porqué me ayudaste, porque seguís conmigo.
- Bueno, eso yo tampoco te lo puedo responder. Me bajo del taxi y veo a una chica que cae de rodillas, que deja que se le vuelen todos sus papeles. Fue algo… automático. Necesitaba correr hacia vos, ¿sabes? El corazón me empezó a latir tan fuerte que pensé que no llegaba. – al decir eso te sonrojaste de una manera tan hermosa. Me recordaste a aquellos nenes que en un recreo en el medio de la ronda que hacen sus compañeros alrededor se ponen de novios, y ante la presión del canto se ruborizan dándose un beso vivaz en la mejilla.
- Y cuando me levantaste te preguntaste si no hubiese sido mejor dejarme en el suelo, ¿no?

sábado, 22 de agosto de 2009

Uno

Cielo gris, nubes furiosas, viento irritado. Demasiado tiempo dormido.
Un día como hoy, pero un año atrás, nos conocimos.